“Una parte de nosotros siempre mira el mundo a través de los ojos del recién nacido que una vez fuimos” (Verny y Kelly).

El nacimiento deja una huella duradera en nuestras psiques porque queda grabada en todas y en cada una de las células de nuestro cuerpo, moldeando el cerebro para que se adapte al estrés y al dolor, a los vínculos emocionales y al amor.
Los aspectos que más influyen en la calidad de la vivencia emocional del bebé en el nacimiento, son:

El estado emocional de su madre: con la que está en simbiosis total. La forma en que se plantea y se afronta el trabajo de parto y el ambiente que le rodea, determinarán ese estado emocional. Todo lo que siente la madre, lo siente su bebé.

El ambiente que rodea su nacimiento: Tanto respecto al entorno físico (iluminación, temperatura, sonido), como en las prácticas que sobre él se efectúen (especialmente la permanencia del bebé junto a su madre, nada más nacer y posteriormente).

La preservación o la rotura del vínculo: La permanencia cuerpo a cuerpo de madre y bebé en el nacimiento, es un factor imprescindible para el fortalecimiento del vínculo afectivo entre ambos. Es un momento único, que si es quebrantado dificultará notoriamente el papel de la madre. El resultado será que a la madre, le resultará difícil cubrir las necesidades primarias de su hijo/a a consecuencia de la desconexión a la que ambos han sido sometidos.

Somos seres conscientes y sensibles desde que estamos en el útero materno.

La experiencia que se vive durante el proceso de gestación y nacimiento, influye en nosotros para siempre, y se manifiesta directamente en nuestra autoestima y en nuestras relaciones interpersonales.

Como fisioterapeuta especializada en el trabajo con bebés todo esto tiene un gran significad para mí, por eso creé el centro Nacer y por eso, sigo trabajando con la mirada puesta en el bebé como protagonista consciente.

Preparación al parto en pareja

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