que antes de nacer el niño es un individuo profundamente sensible, que establece una relación intensa con sus padres – y con el mundo externo- mientras está todavía en el útero”. .

 

 “Que ambos padres cultiven un sentimiento de calma que afectará positivamente al hijo por nacer, preparándolo para una vida de confianza y seguridad.”  Al darle masajes al bebé, cantarle y danzar con él, los padres estarán estimulando sus sistema nervioso y comunicándole su amor.  Y al hablar y soñar con el niño que esperan, visualizarlo incluso, estarán fortaleciendo un vínculo que es para toda la vida y haciendo del embarazo una época de un júbilo y un crecimiento indecibles.

 

 

Docenas de estudios realizados en universidades y hospitales demuestran que antes de nacer, en el útero, los niños pueden oír, sentir e incluso tal vez formarse un nivel rudimentario de conciencia. Y lo que es más: “en la actualidad los psicólogos sostienen que la vida prenatal y la experiencia del nacimiento son, con frecuencia profundamente determinantes de la personalidad y aptitudes de todo ser humano.

Desde el cuarto mes después de la concepción, el niño tiene bien desarrollados el sentido del tacto y del gusto.  Si se le acarician los labios, succiona, y si se introduce en el líquido amniótico una sustancia amarga, como el yodo, hace una mueca y deja de tragar.  A la misma edad, el bebé puede percibir una luz brillante  que dé sobre el abdomen de la madre, y si es particularmente fuerte, llegará incluso a levantar las manos para protegerse de los ojos”.

 

A los cinco meses, el niño reaccionará ante un ruido fuerte cubriéndose los oídos con las manos.  En una serie de notables estudios que se llevaron a cabo a principios de los años ochenta, el psicólogo Anthony DeCasper, de la Universidad de Carolina del Norte, demostró que antes de nacer el niño tiene incluso la capacidad de percibir y recordar los sonidos del habla, y de reconocer un relato que haya oído repetidas veces desde el útero y también la voz de su madre.  

 

         Además de tan asombrosas capacidades sensoriales, durante este período el bebé puede experimentar realmente lo que consideramos  << conciencia >>,  es decir,  una percepción rudimentaria de sí mismo y de lo que hay más allá de élAunque es imposible delimitar con seguridad lo que piensa el niño antes de nacer, las investigaciones llevadas a cabo en el dominio de la neurociencia por Dominick  Purpura, del Albert Einstein Medical College de Nueva York, demuestran que en el útero el bebé ya tiene formadas las estructuras cerebrales necesarias para aprender, e incluso para tener conciencia, desde una época que oscila entre las veintiocho y las treinta y dos semanas de gestación.  Para llegar a esta conclusión , Purpura – que dirige la respetada publicación periódica Brain Research – hizo un estudio microscópico de los cerebros de bebés prematuros y descubrió que la corteza cerebral << sede del pensamiento >>  está casi tan desarrollada durante los meses octavo y noveno de la gestación como después del nacimiento.

 

.

Los psicólogos que estudian  la evolución prenatal vean el núcleo mismo de la personalidad humana como algo que se forma no ya durante los tres primeros años de vida, sino más bien en el útero.  Sus estudios demuestran que la formación de la personalidad  tiene lugar por mediación de una comunicación intensiva entre los padres << especialmente la madre >> y el niño que va a nacer

 

Pero hay investigaciones como las de Reinold que demuestran  que también las emociones de la madre se transmiten fisiológicamente al feto. Por ejemplo, aunque cierto nivel de tensión durante el embarazo es normal, nuestros estudios demuestran que las madres sometidas a una tensión extrema y constante tiene más probabilidades de tener hijos prematuros, con un peso inferior al normal, hiperactivos, irritables y con predisposición a cólicos.  La comunicación de la conducta se produce por mediación de las actividades de la madre: cuando ella se toca el vientre, habla, canta o baila, el niño por nacer sabe que su madre está activamente allí. (Este nivel de comunicación puede incluir también al padre y a otros miembros de la familia) El bebé, a su vez, reacciona pataleando y moviéndose.  también la embarazada puede aprender a diferenciar un pataleo de felicidad de otro que expresa inquietud.   El Hecho es que, si los mensajes que comunican conductas son afectuosos y congruentes los padres pueden entablar con su hijo ya antes de que nazca un reconfortante diálogo recíproco que puede prolongarse mucho tiempo después del nacimiento.

Los bebés captan tanto la carga emocional transmitida por el lenguaje hablado como las actitudes y los afectos que no se expresan verbalmente.   Durante el nacimiento, e inmediatamente después de éste, los padres y el entorno ejercen una profunda influencia en el bebé.

La experiencia del nacimiento

Otra investigación muy interesante es aquella  que sugiere la existencia de auténticos recuerdos  del momento del nacer <<  la forma en que movían la cabeza, los hombros y los brazos, sobre los médicos, la sala de partos y las conversaciones que oyeron durante sus primeros minutos de vida >>.

 

        En conclusión las diversas investigaciones al respecto demuestran que tanto el niño por nacer como el recién nacido son:  “individuos sensibles, intuitivos y capaces de sentir emociones”.  Dotados de notables capacidades preceptúales y mentales, tienen una auténtica vivencia de la gestación, que en cierto sentido se convertirá en la base del recuerdo de su desarrollo en el útero y de su nacimiento.  “Estas primerísimas experiencias, según indica la investigación, van configurando la personalidad humana tan profunda mente como los acontecimientos posteriores de la vida”. “Por lo tanto, si la madre hace lo posible para mantenerse tranquila durante el embarazo, si le comunica su amor a su hijo ya antes de que nazca y crea las condiciones necesarias para un nacimiento jubiloso y positivo., estará contribuyendo a la salud que tendrá su hijo durante el resto de su vida”.  La verdad es que, valiéndose de los conocimientos derivados  de la psicología pre y perinatal, “una mujer puede influir de una manera hasta ahora sin precedentes en la personalidad de su hijo, llevando a un nivel óptimo sus potencialidades, tanto en el dominio emocional como en el intelectual”.